Excerpt for Amor distinto by Gladys On, available in its entirety at Smashwords

Amor distinto



Gladys On



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Copyright 2008 Gladys On

First Edition

Published by Gladys On at Smashwords

ISBN: 978-1-936886-48-7

Smashwords Edition, License Notes

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Certificado de registración número

TXu1-338-414



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Agradezco:

A mi hija Sachi, a mi nieta Darieli, a mi esposo Francisco, a muchos otros que me alentaron y en especial a dos amigos, que sin saberlo, me hicieron conocer detalles que ignoraba y me enseñaron a diferenciar y no juzgar, amores distintos.

Gladys On

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Índice

Notas de la autora

Capítulo primero

La maestra

Cara o cruz

La Casa

Un paso más

El mundo al revés

Sortilegio de angustias

Plaza de toros

El Arribo

El Regreso

Natalia

Mi amiga Odelia

El príncipe azul

El reencuentro

Duelo

Clara y Eulalia



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Notas de la autora



Ser niño es tan dulce y maravilloso, que rara vez se recuerda esa etapa con desagrado. Pero cuando se crece, cuando no se cabe entre los brazos que acunan para mimar y proteger, aquellas historias llenas de encantos y aventuras, máximas y sueños van quedando atrapadas en el largo camino que nos conduce a la adultez.

Cuando se empinan, entran a una especie de laberinto desproporcionado de conocimientos y sentimientos que los llena de confusión. Entonces, quieren abarcarlo todo, comprenderlo todo y mientras ocurre esta dolorosa transición, se fijan o se rompen resortes en su mente, que los llevan directamente al milagro de crecer.

Al conectarse la mente con el cuerpo, se sabe como se es, y hacia donde se va. Pues bien, se es un hombre, o una mujer pero… ¿Y si no se sabe? ¿Si como el péndulo se va de un lado al otro?

Bueno, entonces la incipiente personalidad se desajusta, los conflictos afloran, las dudas crecen.

Las indecisiones frenan todo tipo de gestión. De acuerdo con el medio, la persona se desarrolla o se frustra.

El miedo, la timidez, el odio, la culpabilidad, la tristeza, la melancolía y la soledad interior, imposibilitan a estos seres, sentir la plenitud de la existencia. Comienzan a vivir una doble vida llena de insatisfacciones, viven o mal viven aparentando lo que no sienten. Tienen un miedo exacerbado, evitando que se les escape lo más mínimo y que se les descubra su verdadera forma de sentir. Encerrados en el terror, enferman, tienen los nervios a flor de piel. En una palabra, viven aterrados.

Pierden la capacidad de sentir el afecto, porque en su confusión, se vuelven demasiado rencorosos y desconfiados. Se arrinconan y sufren su agonía en soledad.

Otros por el contrario, crecen desafiando el mundo. Son atrevidos. Suben a lo alto de una montaña y desde allá, gritan y son escuchados. Caminan orgullosos de ser dadivosos, cultos, sensibles, alegres, amorosos, susceptibles, expresivos y muy extrovertidos.

Algunos exageran, dan demasiado para ser aceptados o más bien tolerados. Lo que sucede es que falta tolerancia y comprensión en el mundo, no importa si eres una cosa u otra, la intolerancia prima en todas las cosas y mientras más sensible es la persona, más lo capta.

¡Que variedad de seres humanos! Tan iguales y tan distintos.

Así se deambula por el mundo, sabiendo que realmente nadie sabe nada. Demasiado extraño o demasiado simple. ¿Acaso alguien logra entender?

Creo que hay que dejarse llevar y cada quien debe caminar el sendero que le tocó transitar, pensando que quizás, y queda flotando la interrogante, era otro el verdadero camino que se debió tomar.

Gladys On



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El amor es algo que no puedes dejar atrás cuando mueres. Así de poderoso es.

Jolik(Fuego)Lame

Deer Rosebud Lacota



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Capítulo primero



En el siglo pasado, coronado por un ilustre apellido, se debatía de graves dolencias, Rafael Socarrás Andrade.

La caída de un caballo, por una alocada carrera en los campos casi salvajes del llano de Camagüey, le había ocasionado a este hombre; dueño de grandes extensiones de tierras ganaderas de la región, total invalidez.

Cerca de veinte días llevaba tirado en la cama, ingiriendo ligeros caldos, y respirando con dificultad. Quejándose de los agudos dolores e imposibilitado de cualquier movimiento.

Atendido por el médico-dentista, que según decían no había estudiado medicina, ni se sabía de dónde había salido.

Sólo se recordaba, que un día llegó al pequeño poblado, compró una casa, cercó los alrededores metió algunos animales y puso un letrero diciendo que era el Dr. Pío.

El hombre se llamaba, Porfirio Pío Yánez. Alto, delgado, con el cabello negro pegado detrás de las orejas, pómulos salientes, ojos rasgados, boca grande distendida, como si estuviera a punto de hablar o sonreír, cosa que no hacía muy a menudo. Parco, sólo asentía con la cabeza. Al final de las consultas dos o tres frases claras y precisas.

Poco a poco se empezaron a ver tres y hasta cinco caballos amarrados en los postes de la cerca del camino. Una señora atendía la casa y un muchacho, acomodaba los caballos y se ocupaba de otros menesteres según el caso.

Pues bien, el Dr. Pío, ya había sido llamado, para que atendiera al Sr. Socarrás, a petición del propio paciente.

La señora Sara, la esposa de Rafael, lo había estado esperando a la entrada del amplio portal; el doctor llegó vestido con un pantalón negro y una bata blanca, acabada de poner.

Luego de un breve saludo, ella lo guió por el pasillo que conducía a la habitación principal.

Llegaron a la habitación y Sara se dirigió a la cama, el hombre se mantuvo a distancia esperando que la señora hablara con el enfermo. Sara, le tomó una mano al esposo y él abrió los ojos, los movió ligeramente, hasta que se detuvieron en las penetrantes pupilas del hombre.

Cerca de un mes fue visto el doctor, todas las mañanas, con un bulto debajo del brazo entrar a la casona. Según decían los hijos del enfermo, el padre no quería ir al pueblo, tampoco quería otro médico, es decir que ellos tenían que respetar la decisión del padre.

Cuando el doctor llegaba, pedía agua caliente en una enorme palangana, luego cerraba la puerta. Pasaba cerca de una hora. Sólo se escuchaban aullidos y lamentos que ponían a todos con los pelos de punta. Luego venía el silencio, la puerta era abierta, y el doctor repetía lo de todos los días “déjenlo descansar”.

Así fue pasando el pobre hombre la aporreadura de la caída del caballo, hasta que llegó el mes.

Ya Socarrás, no hablaba, sólo abría los ojos ligeramente. Los aullidos y lamentos cesaron.

Comenzó a hincharse y a ponerse de color verde-gris. Enormes ojeras le enmarcaban los ojos, la boca la mantenía apretada como si estuviera sellada.

Cuando los hijos, a media tarde entraban al cuarto y pedían la bendición, él se fijaba en cada uno, con los ojos entornados y una que otra lágrima se deslizaba por la gruesa cara, hinchada y brillante. Ya no decía nada.

Al mes y medio, seguía el pobre señor en la cama, ya ni siquiera abría los ojos, ni se quejaba.

La familia le había puesto las velas como cuatro veces pensando que no llegaría al otro día.

Sara, se la pasaba llorando, entraba y salía de la habitación como un fantasma, ponía los pies en el piso como si no lo tocara. Se pasaba las horas rezando, pidiéndole al Dios que ella conocía. Pero ese Dios la había abandonado, tal como había hecho toda su familia. Sentía que era una maldición por lo que estaban pasando. Además Rafael, era demasiado terco. Estaba empecinado en curarse en la casa, pero ya nada se podía hacer. Tampoco el médico había hecho nada. La gente pensaba que Rafael, con tanto dinero, debía haberse ido a un buen hospital. Pero el quería estar en la casa. Todos siempre le habían obedecido, Sara había sido la más sumisa, porque los hijos varias veces estuvieron tentados de llevárselo para el pueblo. Ella no lo permitió. Prefería que muriera antes que desobedecerlo.

Se respiraba un fuerte olor a muerto dentro del cuarto, ese olor Sara lo sentía, también oía otros pasos que no eran los de ella. Una que otra vez, sintió que algo le rozaba la cara, algo frío, como una ráfaga de viento helado, la noche anterior a la muerte de Rafael sintió un lamento lejano, pero no era la voz de un hombre. Parecía que venía de debajo de la cama. Ella se agachó para mirar y alcanzó a ver como dos ojos encendidos. Se asustó mucho y atinó a llamar a uno de los hijos. Cuando el muchacho entró, ella se le abalanzó llorando. No dijo nada, pero el hijo se quedó la noche con ella.

Amaneció un día frío, opaco, calmado. Habían pasado cincuenta días. Rafael hijo, se había quedado en lo que la madre se despabilaba un poco dando una vuelta por la cocina, tomándose una taza de café y dando algunas órdenes.

El hijo, se había sentado en el borde de la cama para contemplar al padre. Lo vio sudar, unas gotas finas salían de cada poro, él le secó la cara con un paño suave, se lo pasó con delicadeza. En ese instante el padre abrió los ojos, los mantuvo fijos en un punto lejano, luego danzaron dentro de las órbitas, se aquietaron y miraron al joven fijamente. Abrió la boca como si se le cayera el labio inferior y fue entonces cuando exhaló el último suspiro. Murió bajo la mirada aterrada del hijo mayor, hijo que llevaba el mismo nombre y que desde el momento de la muerte del padre, por ley, tenía que ocupar el lugar de éste. Es decir que a partir de ese momento, comenzaba su mandato.

Con sólo diecinueve años, pocos estudios, dependiente y romántico, Rafael hijo, no sabía qué hacer.

Luego del entierro, Sara regresó con sus muchachos, a la entristecida casa. La casa que todos los años se había alegrado con un nuevo llanto, la casa que siempre tenía un bautizo o un cumpleaños, ahora estaba desolada. Sí, porque la alegría la había dado el padre, siempre jaranero y entusiasta. El no tenía otra familia, sólo los hijos y su mujer. Ella tampoco, mejor dicho, la de ella había roto las relaciones desde el momento que se enredó con un hombre casado. Aunque después de él enviudar, se habían casado, para la familia no valía, es decir que Sara, sólo tenía a sus hijos. Por eso, cuando llegó a la casa, los agrupó con la mirada y a los que estaban más cerca de ella, los abrazó, e hizo una dolorosa mueca.

Seca, sin lágrimas, se quitó el pañolón negro de la cabeza, se pasó una mano por el pelo y suspiró profundo. Buscó con la mirada a Rafael, su hijo mayor. Sólo alcanzó a ver, un muchacho delgado, un poco más alto que los demás, con un ligero bozo castaño, unos ojos tristes color miel; abstraído y tan distante que se estremeció de tan desamparada que se sintió.

Sara, tenía miedo, no estaba preparada para ésto, nunca pensó quedar viuda, ahora el mundo le había caído encima. Ella no sabía lidiar con los empleados, el administrador siempre había sido su marido. El nunca le permitió que se metiera en los asuntos de los hombres y Rafaelito, su pobre muchacho, estaba tan tierno que aunque siempre andaba colgado del padre, sólo sabía obedecer; igual que la madre.

Empezó a pasar el tiempo, al principio las cosas se daban solas, pero luego, para la venta de las cosechas, para el destete del ganado, para las siembras, la recolección de las semillas, buscar la mejor época de aparear las reses y demás animales, en fin que Sara, no sabía nada de nada. Sólo supo disfrutar lo que la suerte le había deparado, sus hijos y su marido.

Al cabo del año se habían perdido varias cosechas.

Las vacas no daban tanta leche. Los demás animales, se pasaban de un lugar a otro sin que ellos pudieran controlarlos, la hierba crecía más que nunca y varios empleados abandonaron la finca.

Una mujer con casi cuarenta años, viuda, con siete hijos, que de campo sabía para sobrevivir, y para colmo, Rafaelito no sabía qué hacer, lo poco que aprendió del padre, no era suficiente.

Si al menos Sara, aceptara uno de tantos pretendientes, que se ofrecían para ayudarla, con la única condición de aceptar ser su esposa, pero ella había jurado que no le pondría padrastro a sus hijos, tampoco deseaba compartir su cuerpo con otro hombre. Ella sólo había podido ser de uno. Nadie tocaría lo que le perteneció al gran amor de su vida, su Rafael.

Ahí estaba el resultado, la finca casi perdida, ella avejentada, llena de canas, cerrada de negro. Parecía un alma en pena, cabalgando por la finca en el caballo negro del difunto.

Sara, venció el orgullo, habló con sus hermanos, aunque sin ningún entusiasmo. Les pidió ayuda, al menos para que su hijo se encaminara un poco. Ninguno estuvo dispuesto. El rencor todavía estaba presente en la familia Morell. No le perdonaban a Sara, haberse casado con un viudo, que sin haber muerto su esposa, ya mantenían relaciones. El primer hijo había nacido a los pocos meses de enviudar. Sara, había deshonrado la familia, todo lo que le sucedía, se lo merecía, ellos no tenían nada que ver con ella.

Cuando ella conoció a Rafael, se bebió los vientos por él en el primer instante. Tenía diez y seis años cumplidos, piel trigueña, cuerpo llenito con curvas provocativas, pelo rizado negro y abundante, ojos como dos azabaches, senos que se desbordaban por el escote, y carnes apretadas. A Rafael, le pareció un níspero maduro.

Sara, componía versos y décimas, las cantaba con voz de sinsonte. Mientras cantaba, movía los grandes ojos negros con demasiado atrevimiento, pero cuando vio a Rafael, detuvo la mirada y quedó presa en los bellos ojos amarillo-verdosos de éste.

Alto, delgado, con mechones de canas entrelazados en el cabello castaño. Parecía un hombre de ciudad. Tenía ademanes de caballero, una sonrisa burlona de medio lado, nariz aguileña, el óvalo de la cara tan varonil que se podía decir que era perfecta. La dentadura quedaba al descubierto con sólo sonreír, los dientes en perfecta formación; blancos y relucientes.

Vestía guayabera y pantalón de dril color crema, zapatos avellanados, que brillaban como espejos. En cada dedo anular una sortija ostentosa, de oro puro.

La entrada de Rafael a la fiesta, hizo soñar a más de una de las mujeres reunidas. No sólo las solteras, también las casadas, aburridas de ver las mismas caras de sus maridos, todas posaron los ojos en éste guapísimo y extraño hombre.

Rafael, tenía la piel blanca, que en contacto con el campo, y la exposición al sol, se había tornado dorada, eso hacía resaltar aún más el color claro de sus ojos. Se distinguía entre los hombres de la comarca, que en su mayoría, tenían la piel trigueña, los ojos y el pelo oscuro.

Rafael, había llegado de Islas Canarias, solo, y con el propósito de triunfar y hacerse rico. Todo lo había logrado.

Lo primero que hizo fue internarse en los campos y buscar información sobre los más pudientes de la zona en cuestión. Luego se presentó en las casas en busca de trabajo. Así fue conociendo familias y averiguando donde había muchachas casaderas. Estaba seguro que con su aspecto, cualquier joven rica, lo querría para esposo.

Para estos trajines, con lo único que contaba era con el cuñado de un vecino de su pueblo natal, que llevaba cuatro años en la zona. Oscar, que era el nombre del joven, era un pobre tipo feo y un tanto torpe, que se había aventurado a venir a la isla, con un grupo de jóvenes en busca de mejor vida. La estampa del infeliz sólo le sirvió para colocarse como peón en una finca donde le tenían afecto por lo noble y servicial que era, y también por lo poco agraciado. Era una especie de lástima disimulada que le profesaban la mayoría de los compañeros. Le contaban sus problemas, lo usaban para cualquier diligencia y como era poco hablador, también se confesaban con él. Pero parece que Rafael, con el buen ángel que tenía, con la forma un tanto desenfadada, logró que este pobre tipo lo pusiera al tanto de todos los comentarios del lugar respecto a las mujeres. Este era un tema muy frecuente en las haciendas entre los jóvenes solteros que trabajaban en dichos lugares. Las noches eran largas y se consumían jugando a las cartas y comentando, e ilusionándose con las bellezas de los alrededores.

De más está decir que Rafael, averiguó donde estaba la mejor candidata para sus propósitos.

Así fue como conoció a Clara. Hija única, del matrimonio Zayas-Inclán. La más vieja de las casaderas de la zona.

Hija de un matrimonio anciano, que en la juventud no pudieron concebir, y ya mayores, Dios los bendijo con una hermosa niña. Pero la hermosa niña, nació con el brazo izquierdo pequeño y mal formado. El antebrazo medía cerca de tres pulgadas con una terminación roma y cuatro bolitas semejando deditos, pero sin uñas. Aún así la pareja le dio gracias al Todo Poderoso, y fue su gran alegría.

Clara había cumplido treinta años. Todavía no había tenido novio. Había perdido las esperanzas de encontrar marido.

Rafael, se presentó en la hacienda en busca de trabajo. El señor Antonio Zayas, dueño de la hacienda y padre de Clara, no dudó en dárselo, luego de mantener una larga conversación con el joven Rafael, en la que habían estado presentes su esposa Margarita y la joven Clara.

Al día siguiente, se presentó Rafael para quedarse en la casa. Tenía trabajo y alojamiento.

Cuando el joven entró a la barraca, pensó con toda seguridad que no estaría mucho tiempo durmiendo en tan miserable lugar.

A los quince días, con el acento extranjero, su estampa y habilidad, consiguió descontrolar a la infeliz Clara. Ella no vio ningún impedimento que Rafael, tuviera sólo veinte años y ella treinta. El parecía mayor, además era tan alto, ponía tanta gravedad en los asuntos que de ninguna manera, se podía pensar en lo joven que era. Declaró a sus padres que lo amaba. Tan falta de amor estaba, o mejor dicho de ilusión, que ésta fue la única que había tenido y no pensaba dejarla pasar.

Los padres no se opusieron, felices de poder casar a su hija antes de morir, le hicieron una de las mejores bodas que se podían recordar en el lugar. Una semana de festejo, comida, bebida y alojamiento para los invitados más allegados. Un mes de luna de miel a la tierra del esposo.

Al regreso, Clara venía embarazada. Pasó casi todo el embarazo en reposo y cuando nació Abel, fue el orgullo de todos, en especial para los achacosos abuelos, quienes lo pudieron disfrutar cinco años maravillosos.

Clara, no consiguió volver a embarazarse, pero con ese hijo, fue todo lo feliz que se podía ser, con orgullo, amor y dedicación, vio crecer al señorito.

La madre cifró todo su entusiasmo en aquel hijo, que físicamente, era el vivo retrato del padre, quien le dio el nombre de Abel.



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La maestra



Abel, era muy inteligente. A los catorce años, tocaba guitarra y piano, componía canciones y las cantaba, también se estaba preparando para matricular en el Instituto. Un maestro particular le daba clases en la casa, cuatro horas diarias. El señor pasaba de los setenta y en los últimos tiempos se quejaba, aduciendo que no se sentía bien. Un día no llegó a la hora de siempre y todos quedaron extrañados porque era muy puntual. Por la noche un vecino del profesor, vino a darles la mala noticia de que el señor Anastasio Rivas, había muerto.

Para Abel, fue un golpe demasiado fuerte. Se encerró en su cuarto, y pasó dos días sin salir, luego no quiso hablar ni probar bocado.

Clara, se desesperó y mandó a uno de sus empleados a las bodegas cercanas, para que averiguaran si conocían algún maestro que quisiera venir a darle clases a su hijo.

El empleado volvió sin haber podido conseguirlo. Dejó recados en las bodegas y demás establecimientos por si alguien sabía de alguno.

Con esta esperanza el joven se tranquilizó.

Como a los cinco meses, apareció una señora cuarentona, flaca, alta, con cara larga y ojos extraviados, que se ofrecía para darle clases en general. Incluía inglés, francés y en especial, piano. Con la única condición, que le dieran alojamiento en la casa, o sea, que tenía que quedarse a vivir con ellos.

Había quedado viuda, los hijos de su difunto esposo, no quisieron compartir la herencia con ella, ella no quería litigio y optó por dejárselo todo e irse. A sus años, tener un techo y un poco de tranquilidad, en cualquier lugar del mundo, era suficiente. No tenía hijos, sólo contaba con parientes lejanos, tan lejanos que ni siquiera los recordaba.

Habló Clara con su esposo, y a éste le pareció bien, sólo faltaba la aprobación de Abel, que en ese preciso momento, no se encontraba en la casa. No obstante, le ofrecieron a la señora que se quedara para el almuerzo, que en cuanto llegara el joven se iba a servir.

Llegó Abel, Clara lo puso al tanto sobre la profesora.Quedó muy entusiasmado, sobre todo con lo del piano. La madre se extrañó, el hijo no objetó ni el más mínimo detalle.

Clara llevó el hijo al portal, donde la profesora se encontraba arrellanada en uno de los sillones. Estaba embebida, admirando algo en el horizonte. Abel le tocó el codo con la punta de los dedos y la señora con parsimonia, giró la cabeza hasta encontrarse con los ojos melancólicos de Abel. Ella le extendió la mano, él se la tomó, y a la vez, le hizo una reverencia.

¡Hola, hijo! —le dijo y esbozó una sonrisa.

Bienvenida a esta casa —dijo él, con algo de timidez. A lo que la señora respondió.

Si soy bienvenida, y según la señora Clara, estás de acuerdo, hoy mismo me quedo con Uds. En cuanto a mis pertenencias, cuando la señora del boticario vea que no regreso, enviará mis cosas que, aunque pocas son mis más preciados recuerdos.

A lo que Abel le contestó:

Señora, por mí, quédese, creo que vamos a estar bien, tanto usted como yo.

Eulalia, que estaba detrás del marco de la puerta, salió con una amplia sonrisa cogiéndose la punta del delantal. Luego de mirar la cara de satisfacción del joven, les dijo que la mesa estaba puesta.

Los tres la siguieron, al paso se les unió Rafael, que salía del despacho, en el que por lo general, pasaba las horas de la mañana.

Le asignaron a la maestra un asiento al lado de Abel, Rafael en la punta de la mesa, y Clara al lado de éste, de manera que los cuatro quedaran cerca.

El joven parecía alborozado, conversaron entre bocados, la profesora era muy animada, Clara y Abel se dieron cuenta de que Ana, iba a ser muy buena compañía para todos.

A Rafael, por su parte le venía bien cualquier cosa que mantuviera entretenida a su esposa, la que era demasiado exigente con la educación del hijo, cosa que a él lo tenía sin cuidado. Estudió lo suficiente como para saber leer y escribir con claridad, su fuerte eran las matemáticas, asignatura que había aprendido a fuerza de hacer negocios. Después de la muerte de sus suegros quedó al cuidado de todos los bienes. Lo demás, eran cosas de mujeres.

Terminado el almuerzo, Ana, pidió permiso para salir al portal a fumarse un pequeño tabaco. Lo tenía por costumbre luego de las comidas. Clara, miró a Rafael, en busca de aprobación, éste sonrió y asintió con la cabeza.

Abel, acompañó a su futura profesora por el largo corredor, no quería que se extraviara, también quería seguir hablando con aquella mujer que le parecía tan interesante.

El necesitaba un amigo, no de intimidades, pero si, alguien con quien poder comentar sucesos, una persona neutral a quien poder contarle sus inquietudes. También una persona que no tuviera sexo, mejor dicho, que no se pudiera pensar que existía algún interés. Como era el caso de esta profesora, carente de atractivos, ya mayor, mundana. Para Abel, era alguien que conocía de arte, que tenía suficiente cultura para saciar su sed de conocimientos. La tenía a su alcance, y no iba a desperdiciar ni un minuto con ella.

Así pensaba el joven mientras la conducía hacia afuera.

En el portal, Ana sacó de un estuche, que tenía dentro de la cartera, un tabaco fino, parecido a un cigarro, pero con envoltura oscura, un encendedor metálico que accionó cuando con un ligero movimiento se colocó el tabaco en los labios. Aspiró el humo con los ojos cerrados, luego lo dejó salir despacio. Como si con ésta acción cambiara de personalidad. Ana comenzó una fluida conversación, en la que Abel participó animado y alegre.

Por momentos, la risa del joven llenó de felicidad a la sorprendida madre. No quiso interrumpir y sonrió con satisfacción, pensando en la alegría del hijo, y el gusto que le daba que la presencia de la profesora lo hubiera sacado del marasmo en que se encontraba.

Pensó la madre que Abel, no sólo quería tocar y aprender más del piano, quería alguien para entretenerse, le causó curiosidad la actitud del hijo, pero también pensó que él estaba solo, ni hermanos ni amigos cercanos. Recordó que Carlos, el amigo de la finca colindante, con el que había estudiado la primaria y luego los demás grados antes de llegar la preparación para el Instituto, ya no venían con frecuencia a buscar a su hijo, es más, hacía meses que no lo veía, parecía que esas relaciones estaban alejadas. Tendría que preguntarle al joven.

Abel, tenía ya catorce años cumplidos, aunque era alto, su cara a ratos, se tornaba infantil. Los ademanes suaves, tan calculados, le daban una apariencia rara. En ocasiones cuando sonreía, lo hacía con tal dulzura, que en lugar de parecerse al padre, reflejaba los gestos de la madre.

El nunca parecía feliz, por momentos se perdía en ensoñaciones, cuando regresaba de tales viajes, su mirada era más triste. Se notaba que luchaba para no llorar. Clara lo observaba y cuando detectaba estos estados en su hijo, se alejaba. Luego se dirigía hacia donde estaban los retratos de sus padres, se ponía a rezar y lloraba confundida sin saber qué hacer. En ocasiones le había preguntado al chico:

Hijo, ¿qué te hace estar tan triste, qué te falta, qué tienes, qué quieres?

El la abrazaba, decía que la quería mucho y al final le contestaba:

¡Madre, ni yo mismo sé quien soy, ni lo que quiero!

Ahora era distinto, lo veía contento con la maestra, Clara estaba tranquila.

Por su parte, Ana adoraba la juventud. Cerca de Abel, se rejuvenecía.

Pasaron varios días, y comenzó una especie de rutina, que con mucho gusto, aceptaron ambos.

Luego de un agradable desayuno, alrededor de las nueve de la mañana, comenzaban las clases: Historia, Literatura, Geografía, las preferidas de Abel. Arrobado escuchaba de los recónditos parajes que componían el mundo, en los que con las descripciones de Ana, se sumergía en lugares y épocas. Sufría en Literatura, cada drama golpeaba su sensibilidad.

Al día siguiente, con excelente memoria, describía lo aprendido con lágrimas en los ojos, y reproducía los diálogos, crueles o tormentosos. Ana, se quedaba con la boca abierta y como premio se daban un paseo por las arboledas que circundaban la casona, un rato antes del almuerzo.

Caminaban por el ancho sendero que conducía al exuberante frutal, y a la sombra de los árboles, Ana, sorprendía con historias o chistes al encantado joven. Se ponían hambrientos luego de la caminata y al sentarse a la mesa, se concentraban en el almuerzo, al punto que sólo contestaban con movimientos de cabeza y guiños de ojos.

Terminado el almuerzo, Ana salía al portal a fumar el conocido tabaquito, a su lado Abel disfrutaba el ligero humo, que con la brisa le llegaba a intervalos. Ana advirtió el sutil goce que sentía el chico.

Abel, ¿te gustaría darle una probadita a mi tabaco? —le dijo con un poco de picardía.

No, mejor no, lo que sucede es que me trae un grato recuerdo, por eso me deleita.

¿Tu abuelo fumaba? Quizás sea ese el recuerdo que te trae.

Sí, si fumaba, pero no es mi abuelo, que en paz descanse, es otro tipo de recuerdo, es como cuando uno recibe una alegría, algo que está por llegar.

Cuando te vuelva a suceder, trata de cerrar los ojos, concéntrate hasta visualizar que es lo que te recuerda. No te puedes mover, ni siquiera hablar, así viene. De esa manera, se queda por el tiempo suficiente y lo puedes atrapar. No te rías, te lo digo en serio.

Abel la miró sonriendo, hizo un gesto con la mano y se marchó.

Al terminar las clases de las demás asignaturas, alrededor de las cuatro de la tarde, comenzaban las de piano. En el inmenso salón con piso de madera pulida, muebles de estilo romántico, hermosos cuadros adornando las paredes y una lámpara de carburo en el centro del techo. A un costado hacia la izquierda, el majestuoso piano que había pertenecido a la abuela de Abel.

Desde que entraban, el lugar cobraba vida; resonaban los pasos, luego los acordes de la profesora y por último Abel; dueño y señor, tocando, según su estado de ánimo. En los últimos días, con un entusiasmo discreto, pero muy perceptible para la madre. Se le había despejado la incipiente arruga entre los ojos, estaba sonriendo con más frecuencia y esos detalles, para la amorosa madre, eran suficientes para estar con el ánimo levantado.

Si el hijo era feliz, ¿qué le impedía serlo? El único objetivo de una madre es el bienestar de sus hijos. La alegría estaba en él, y Clara la disfrutaba mas porque, sencillamente ella era la refracción.

Ana, sentada en la silla diagonal a la banqueta de Abel arrellanada en una especie de “comadrita” con los brazos colgando hacia los costados, aprobaba o no, la ejecución del joven.

Era buen estudiante en todas las materias, pero en el piano era el mejor.

Por las noches, después de las comidas, una o dos horas, la casa se llenaba de melodías, por eso la madre estaba radiante. También Ana y ella, varias veces se habían sentado a cada lado de la banqueta, a petición de Abel. Gustosas se le unían y luego terminaban tomando un ligero licor y cantando a voz en cuello, con risas estruendosas.

Clara se disculpaba, como si hubiera cometido un crimen. Era demasiado raro, verla cometiendo esos desafueros, se sentía ridícula, pero al momento se justificaba porque según ella, la alegría la había traído Ana y hasta la casa se había contagiado.

El tiempo voló, Abel había cumplido quince años. El progreso en los estudios era notorio. Aprendió Inglés y Francés, como para mantener una ligera conversación, aunque en gramática estaba mejor. Quería tener un descanso de por lo menos un mes. Necesitaba frecuentar un poco la sociedad y respirar aire de ciudad. Asistir a conciertos, teatros, museos, también darle vacaciones a la profesora, para que fuera a cualquier lugar que ella deseara. A lo que Ana, se negó. En la finca estaba bien, además no tenía parientes, ni otras personas a las que pudiera visitar. Se quedaría en la casa, si ellos no tenían inconvenientes.

Clara, se quedó tranquila, sin Abel y sin Ana ¿qué haría?

Abel deseaba reunirse con sus primas; nietas de su tío-abuelo, ellas tenían una vida de sociedad muy activa. Siempre había sido invitado a pasar una larga temporada. Las pocas veces que había ido, eran fines de semana. Ahora había hecho una extensa carta para ofrecerse como invitado.

Las primas estaban alborotadas, sabían que este verano ellas iban a ser la envidia de sus amigas.

El primo estaba muy guapo, su estatura ya sobrepasaba a los amigos del grupo. Con los hermosos ojos color miel, aquella mirada melancólica, propia de músicos y poetas, los rizos que le caían en la frente de aquella piel blanca dorada, cabellos castaño claro, labios rosados, y aunque finos parecían siempre dispuestos a besar, Abel los movía cuando conversaba, apretándolos hacia arriba muy ligero, este detalle atraía a más de una. Cuando esto sucedía era cuando estaba más pequeño, qué no sería ahora; con aquel cuerpo ya de hombre.

La llegada de Abel a la ciudad fue ruidosa, las primas, que manejaban a los abuelos a su antojo, se les ocurrió dar una fiesta en la casona de la Avenida de la Caridad, la casa no sólo era grande, también tenía un hermoso patio trasero lleno de árboles frutales, y jardines con flores y arbustos bien cuidados.

Las primas lo acogieron con mucho cariño. Lo abrazaron, besaron y lo admiraron al punto de ponerlo rojo. Era muy tímido y estos arrebatos sacaban la timidez que siempre llevaba dentro. Su crianza, el retiro en el campo, su mundo interior tan confuso y la poca relación con las muchachas, lo hacían actuar así.

En ningún momento pensó lo que le esperaba en pocas horas. Lo acomodaron en una habitación espaciosa, tenía balcón corrido que daba a dos calles; la avenida principal y la calle que bajaba hacia el río. La casa estaba rodeada de árboles, las primas lo mantuvieron dentro, ocupado, hablándole de acontecimientos culturales de la temporada, poniéndolo al tanto de los chismes y amoríos de familiares y amigos.

Hubo un momento que las jóvenes se miraron y consultaron el reloj, entonces decidieron que tenían que apresurarse. Mandaron al primo a su habitación para que se arreglara, ellas harían lo mismo. Al rato se presentó Abel, estaba más hermoso que nunca, las primas le silbaron como muestra de piropo, él comenzó a mirar a su alrededor y ellas se quejaron por lo poco agradecido que era. Una de las tres le tomó la mano y lo llevaron al salón donde estaba el piano. Las tres estaban magníficamente vestidas. Le habían dicho al primo que pensaban ir al teatro, que sería más tarde, por el momento querían oír tocar el piano hasta la hora de la comida, después vendrían las amistades que estaban ansiosas por conocerlo, luego saldrían todos juntos.

Abel tocó un rato y las jóvenes cantaron algunas canciones, cualquier ruido quedó amortiguado con sus voces y el piano. Se hizo de noche.

Una joven que atendía a las muchachas en la casa, se acercó a la mayor, y le cuchicheó al oído.

Emma, la mayor de las hermanas, decidió que ya era hora y le pidió a Abel que las acompañara, cuando él se levantó, salió del ensueño que se apoderaba de él cuando tocaba el piano, la miró y se puso de pie, ella lo tomó del brazo y se encaminaron por el pasillo. Detrás, Josefina y Valvina.

Cuando salieron por la puerta que llevaba al jardín, los invitados, que habían llegado minutos atrás, aplaudieron al momento que Abel, levantaba la cabeza, pues con la conversación de las primas, tratándolas de mirar a la cara, no se había dado cuenta de lo que sucedía.

Las muchachas lo empujaron para el centro, donde comenzaron a presentarlo, unos le daban la mano, las muchachas lo besaban y los conocidos lo abrazaban con efusión. Confundido, miró a las primas con reproche, éstas sonriendo con picardía lo siguieron guiando hasta una mesa, donde ya los abuelos, los esperaban. Tomaron asiento y la orquesta comenzó a tocar.

¿Por qué me hicieron esto? —preguntó el joven aparentando molestia.

Nada más, y nada menos, porque tú te lo mereces —Le dijo Emma, sonriendo.

No te preocupes, primo, baila y diviértete, que a partir de hoy, no habrá descanso. Hay muchos amigos nuestros, que no te darán reposo, déjate llevar por nosotras, que el mes está planificado.

Luego de que Emma, le ratificara porque lo habían hecho, Valvina lo sacó a bailar.

Sobre las dos de la mañana, con varias copas de vino, la mayoría de los presentes se comportaban con desenfado y mucha alegría, Emma aprovechó para dirigirse a los invitados y hacerles una proposición:

¿Quieren oír tocar al mejor pianista?

¡Sí, sí! Corearon todos. Ya el piano estaba colocado en la plataforma. Tomó Emma, otra vez de la mano a su primo y lo guió hasta dejarlo sentado en la banqueta, luego lo rodeó por los hombros y le dijo:

¡Ahora, toca para todos, pero, música alegre!

Abel, fuera de su acostumbrada timidez, producto de varias copas de ponche, tipo aliñado de frutas, se dispuso a interpretar música alegre. Poco a poco lo fueron rodeando hasta quedar envuelto por las bellas invitadas.

José Castillo, se acercó un poco, hasta quedar detrás del piano, luego se hizo un espacio y quedó frente al virtuoso pianista. Hubo una pausa entre las piezas, Abel, miró a su alrededor buscando a quien complacer. Castillo lo miró fijo, aprovechó el momento y cuando Abel, lo miró, se hizo un hilo de conexión a través del cual ambos quedaron suspendidos.

Emma, que se encontraba al lado de Abel, lo rodeo con un brazo y con el otro impuso silencio. Castillo, pidió la pieza que quería escuchar, el resto lo cantó. Esto fue el final, porque la mayoría, casi corría hacia el patio en busca de un trago que los refrescara.

Comenzaron a salir los que rodeaban al pianista, se fue acercando José, para quedar al lado de éste, y estrecharle la mano suavemente. La mano sudada de Abel, se quedó aprisionada por la mano cálida y electrizante del hombre.

Una mirada extraña fue lo que le pareció ver al joven cuando levantó la vista. Disimuló Abel la sensación que le produjo aquella mirada, no obstante sintió que se ruborizaba sin poderlo evitar, le zumbaban los oídos, trató de decir algo, pero el hombre tiró de la mano, que aún guardaba en la suya y lo invitó a tomar un trago en el jardín.

Caminaron juntos hasta llegar al lugar, José, erguido con aire mundano mantenía la soltura, pero Abel casi salió dando tumbos; la cercanía del hombre le producía una sensación de vértigo, desasosiego, pero también cierto goce dentro del cuerpo que le hacía bullir la sangre y hasta querer salir corriendo despavorido por entre la gente. Pero se sosegó, poniendo a prueba su fortaleza.

Llegaron a la cantina, José, le sugirió un trago que era una mezcla, que a él lo ponía eufórico y al otro día le permitía sentirse bien, Abel aceptó. Cuando tuvo la copa en las manos, se la llevó a los labios y sorbió un poquito, sintió el sabor amargo e hizo un gesto de desagrado. José, sonrió y le pidió al cantinero unas ramas de albahaca y anís de la tierra; los metió en un vaso y con el cabo de un cuchillo lo maceró un poco hasta sacarle el jugo, luego lo vació al trago del joven y se lo llevó a los labios, sonrió satisfecho y se lo pasó al joven. Fueron hacia una mesa desocupada, acomodaron las sillas y luego se sentaron a saborear las respectivas bebidas. José sacó del bolsillo de la chaqueta, un pequeño estuche plateado; que contenía finos tabacos. Le ofreció a Abel, pero éste dudó un poco, recordó de pronto a la profesora. Resuelto lo tomó.

¿Nunca has fumado? —le dijo José, extrañado.

No, creo que todavía soy muy joven.

¿Cómo, que joven? Ya a tu edad yo tenía los dedos manchados

¡Le confieso que es verdad

Bueno, pero... ¿qué es verdad?

Realmente, ¿cree que tengo edad para fumar?

¡Claro, pienso que ya estás cerca de los diez y ocho años!

¡No!, se equivoca, sólo tengo quince años.

¿Qué?, pero con tu estatura y tu carácter, pareces mayor.

Sí, lo sé, pero ya ve usted, como dice mi madre; soy sólo un niño.

Lo siento, no debí darte mi trago secreto, ni ofrecerte tabaco.

¡No! No se sienta mal por eso. Hace tiempo que mis amigos tienen experiencias en esas y otras cosas, lo que sucede es que yo, aunque siempre he querido probar, no había tenido la oportunidad. Le agradezco todo, y no creo, que como usted dice, alguien lo vea mal, la gente piensa que soy mayor.

Es un alivio, pensé que estaba corrompiendo a un menor, aunque frente a ti, siento como si estuviera tratando a un hombre... bueno, quiero decir a un adulto.

No, no se preocupe, sucede que vine, para divertirme y para cambiar de a poquito, pienso venir pronto para la ciudad.

Abel, ¿te gustaría mantener una buena amistad conmigo?

Sí, claro que me gustaría, lo que sucede es que vengo en contadas ocasiones a la ciudad.

Por eso no te preocupes, aunque nosotros el mayor tiempo estamos acá, en la finca tenemos la misma vida social. Lo que las diversiones son de otro tipo, pero nos proporcionan alegría y esparcimiento, igual que por estos lados. Aunque no sé si la finca queda más lejos de donde vives, que de ahí hasta acá.



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Cara o cruz



José Castillo Cruz, era un hombre joven, dueño de gran parte de las tierras sembradas de caña de azúcar. Las que abastecían el central Vertientes. Distaba un poco de las tierras de Rafael, el padre de Abel.

En la comarca la mayoría de los dueños de grandes posesiones de terreno se conocían, hacían negocios y se relacionaban entre sí. Sobre todo si estos eran padres de jóvenes casaderos. Se invitaban unos a otros, con toda la familia a pasar un día de fiesta. Día, donde correteaban, montaban caballo, se bañaban en el río, almorzaban al aire libre y así se conocían, luego, si alguna pareja se atraía, los padres enseguida concertaban el compromiso.

Por eso Abel, se puso en guardia imaginando lo que vendría después.

Pensó que seguro José, tendría hijas en edad de comprometerse, y que estaba tratando de sonsacarlo con esas intenciones.

José, estaba casado, ya tenía tres niñas, dentro de poco serían cuatro los hijos. Yolanda, su mujer daría a luz dentro de unos meses. La hija mayor era Solma, para doce años estaba demasiado crecida, pero se comportaba como una niña de diez. Los abuelos la mimaban tanto, que se comportaba demasiado infantil. No tenía ni asomo de pensar en jóvenes, ni siquiera de ir presumiendo un poco. Pero aun así, José, no dudó ni un instante, y le ofreció la amistad de su hija al joven, para que comenzara a frecuentar la casa.

Abel, hizo el paripé que estaba entusiasmado y estuvo de acuerdo. Pensó que al regreso comenzaría con nuevas amistades y con renovados bríos, lo que no tenía en sus planes era comprometerse y menos frecuentar la casa de José, para estar dando muestras de interés por la hija de éste.

Por un momento sintió que el trago le estaba dando cosquillas en el estómago y al aspirar el humo, le dio una ligera desazón que lo puso algo melancólico. Miró a José, con los ojos entrecerrados, frunció ligeramente el ceño, y se estremeció cuando advirtió que éste, escudriñaba dentro de sus pensamientos al decirle:

No tengas miedo de mí, seré el amigo que necesitas y buscas.

Abel, no contestó en ese momento, Yolanda y la prima Valvina, venían a su encuentro.

De cualquier forma se le hubiera hecho difícil decirle que tenía miedo, un miedo que lo acercaba al abismo, pero que ese era el abismo que lo atraía con una fuerza brutal.

José, rodeó por la cintura a su esposa, la llevó a la plataforma, donde varias parejas se encontraban bailando.

A Yolanda, le faltaban cerca de tres meses para terminar el embarazo, no obstante, se mantenía delgada y ágil. Bailaron una pieza suave, ella lo había rodeado por el cuello y tenía la cara pegada al fuerte pecho.

Abel y Valvina, bailaban cerca de la pareja, la joven no dejaba de hablar y miraba a su alrededor para comprobar que sus amigas los estaban mirando. No era que le gustara su primo, sólo quería impresionar y dárselas de adulta. Coqueteaba con todos los hombres; jóvenes, viejos, casados y solteros. Tenía una picardía nata que no dejaba de practicar, y por ningún motivo cedería a su primo.

Por su parte Yolanda, que era la candidez hecha mujer, que amaba a su esposo por sobre todas las cosas, que creía ciegamente en él, disfrutaba al máximo la pieza que estaban tocando. Para ella sus hijos eran los ángeles, y su esposo era Dios. Así de fácil era su vida.

Se casó a los quince años. Cuando llegó al matrimonio, era absolutamente ignorante en materia de amor; José la inició en todos los placeres que conocía, no sólo en el amor, hasta en deleitar un postre. El era su mundo. En sus brazos podía temblar la tierra, que ella ni se daría cuenta.

Hija de un matrimonio joven y rico. Hasta los seis años la adoraron, no los recordaba, sólo los conocía en fotos. Murieron ahogados, cuando la embarcación en que viajaban, se perdió en una tempestad. Al cabo de una semana, encontraron los trozos del pequeño barco, cerca de las costas de Nuevitas. Con ellos viajaban tres parejas más; una prima con el esposo y dos matrimonios amigos y criados juntos. Los dieron por muertos y fue entonces cuando una tía, por parte del padre, señora ya mayor, se hizo cargo de la pequeña, a la que crió como si fuera su hija. La hija que nunca tuvo, por no encontrar novio que le conviniera, aparte de fea, había sido demasiado selectiva y ni el dinero le sirvió, para conseguir el novio deseado. Es decir que la señorita “Milindrilla”, un día se convirtió en madre. Ella, en ese momento, vio renacer las ilusiones en la ancianidad de sus cuarenta años.

Con el dolor de la pérdida de su querido hermano, el pequeñín de la familia, según decía su madre la tía Milindrilla, crió a Yolanda en sábanas de seda y piso de algodón, le dio amor para educarla y para que le sobrara a lo largo de su vida. Así que Yolanda, era la dulzura, la suavidad y el amor para todo el que la trataba. Muy querida por todos, y en especial por la familia de la tía de Abel, que no se sabía de donde venía el parentesco, pero que decían que era familia.

Esta mujer llena de amor, era la feliz esposa de José. Amantísimo esposo, religioso, incondicional amigo, padre ejemplar, y con una educación que distaba poco para que fuera de príncipe.

Cuando se arregló el matrimonio, por los padres de José, los abuelos y la tía de Yolanda, todos se regocijaron, el amor los había unido, la belleza de ambos, al igual que la dulzura, las posesiones y educación. Todo se había combinado para que fueran, el uno para el otro.

No hubo comentarios negativos en contra de estos dos seres. Bastaba mirarlos, para sentir el amor que se profesaban. Tanta armonía, parecía obra de Dios.

El mes de vacaciones en la ciudad, fue la gran aventura que jamás Abel se había imaginado. Fiestas, teatros, excursiones, visitas, conciertos, en fin que los jóvenes derrocharon entusiasmo y alegría a más no poder. La vida social de los señoritos bien, de la sociedad camagüeyana era el bálsamo y la locura que Abel estaba necesitando. De este punto iba a partir, para equilibrarse emocionalmente. Las locuras eran mesuradas, pero no se podía correr riesgo, de lo contrario se volvería un caos. Claro que a los jóvenes no los habían dejado ni un momento, solos. Tíos o padres como chaperones, siempre al tanto de eventos propios para la juventud, y también de que el orden existiera.

José, fue uno de los que no se perdió ni un día. Con su hija Solma, vestida con un poco de coquetería, pegada cada vez que podía al joven Abel, pues desde el día que lo conoció, no lo soltaba. Las muchachas empezaron a pensar, que el padre, quería a toda costa, atraparlo para su hija, así que dejaron de insistir detrás del joven.

Abel, trató a todas por igual; a una, una flor, a la otra, un poema, la dedicación al piano de una linda melodía, una pieza en el baile a otra, cuando Solma no se le pegaba como una sanguijuela, tomaba del brazo a cualquier chica que se encontrara cerca. Pero el joven no había mostrado preferencia por ninguna de las jóvenes, por ese motivo, todas mantenían un ligero rayo de esperanza.

Hubo una ocasión, que al encontrarse el grupo, con José y su hija, ésta se abalanzó hacia Abel de una forma tan desproporcionada, que dejó a más de una, desilusionada.

Resulta que la chica, le tomó la cara al joven con ambas manos y lo besó efusivamente en ambas mejillas. Fue como un arrebato infantil, pero las muchachas lo tomaron como si ya hubiera habido, conversaciones entre los padres. Las ilusiones se disiparon por completo, y no hubo más coqueteo con Abel.

José, quedó satisfecho con el rumbo que habían tomado las cosas.

Por la noche en el teatro, sentó a Solma, al lado de Abel, y al otro lado se sentó él. Al encenderse las luces, le puso una mano en el muslo al joven, y le susurró algo al oído, tan pegado, que los labios le rozaron el lóbulo de la oreja, le decía algo referente a las bailarinas, cosa que Abel, no entendió. El joven sintió el roce, y tembló. José, con la mano en el muslo, percibió el ligero temblor. Un goce perverso, le hizo pasar el brazo por los hombros de Abel, y apretarlo contra sí.

Al otro día de la función del teatro, era lunes, Abel pidió una tregua. Se pasó el día descansando, al medio día salió de la habitación, con un terrible dolor de cabeza, las primas lo rodearon, vieron que no había dormido bien.

¿Te traemos al doctor, primo? Le dijo Josefina con voz arrulladora.

No, no Finita, es que como no estoy acostumbrado a tantos trotes, me cogió la jaqueca.

¡Tu, con jaqueca! Pero si la jaqueca sólo les da a los viejos.

¿Y quien te dijo a ti, que Abel, no es un viejo? —le dijo Valvina, a la hermana, mirando para Abel.

Abel, las miró con cara de pazguato y se tocó la frente.

Estaban frente al salón, que era el centro, que rodeaban las habitaciones.

Vieron venir la tía Enriqueta, escoltada por una de las muchachas que la servían. La tía caminaba con dificultad, la artritis se había apoderado de ella varios años atrás, pero no quería lástima, y aunque renqueaba de una pierna, andaba por toda la casa con sus faldones largos; disimulando si era posible, el trabajo que le costaba mover las piernas. Todos sabían que había días más difíciles que otros, pero eso era en los días muy húmedos, esos días los pasaba tirada en la cama con unturas que el farmacéutico le había preparado en grandes botellas de vidrio, tapadas con una tela negra, según le habían dicho, así se mantenían las propiedades que calmaban el dolor.

Ella estaba en los días que no había humedad, por eso cuando se enteró que Abel, estaba indispuesto, quiso verlo.

Enriqueta le dio un beso al sobrino-nieto y le preguntó como se sentía, luego le tocó la frente, sacó del bolsillo de la falda un pequeño pote, metió el dedo y sacó una pomada alcanforada y se la untó con suavidad en las sienes, volvió a meter las manos en el bolsillo y entonces sacó unas hojas de salvia que se las pegó a lo largo de la frente.

Las primas, con mucha ceremonia se pusieron las manos en el pecho y bajaron la cabeza. Abel protestó por la burla y las tres soltaron una carcajada. La abuela las amenazó con no dejarlas salir con el grupo y entonces se disculparon, postrándose a los pies de Abel, que con dolor de cabeza y aguantando el olor a alcanfor, también rió de las ocurrencias de sus primas.

La señora se sentó en una silla de respaldo alto, junto al joven. Lo miró con ternura, le tomó una mano y se la acarició, luego con la voz apagada le dijo:

Las emociones demasiado fuertes para ti, te hacen daño. Cuídate mi pequeño, tienes el alma a flor de piel. La vida no es lo que parece. Tus ojos son ingenuos, tu corazón es limpio, pero cada uno trae marcado su destino. Sé fuerte. Hay demasiada oscuridad en el vivir.

La tía, le soltó la mano, se levantó y se fue.

Las primas no entendieron a la abuela, pero Abel, empezó a llorar. Pidió quedarse solo y fue a su cuarto.

Las muchachas tan alborotadas, respetaron la decisión de Abel, que por un simple dolor de cabeza pedía quedarse solo y lloraba.

Abel, se encerró en el cuarto, se tiró en la cama, y empezó a pensar. ¿Qué le pasaba? No se daba cuenta que dentro de él bullía una sensación extraña. Recordó el año pasado cuando Carlos, su amigo de la infancia, junto con dos primos lo habían invitado para pasar el domingo en el pueblo. El chofer de la familia de Carlos, que era quien los llevaba, les prometió una sorpresa que nunca olvidarían. Efectivamente, así fue. El chofer los llevó a la casa de una señora, donde había unas cuantas muchachas vestidas con poca ropa. Cuando ellos llegaron a eso de las dos de la tarde, cada una, tomó a uno de ellos y se los llevó para los respectivos cuartos, la muchacha que le tocó a él, una jovencita de apenas quince años, cuando entró al cuarto, le pasó el cerrojo, lo tendió en la cama y le quitó la ropa, lo empezó a besar y a pasarle la lengua por todo el cuerpo, pero él reaccionó y se incorporó disgustado. Se sintió asqueado, y le pidió a la joven que lo dejara tranquilo y que no lo tocara. La muchacha se sorprendió y le dijo que a ella le habían pagado para eso, pero que si él no quería, mejor para ella, pero que esto era lo que ella sabía hacer y que por eso le pagaban. También le dijo que ningún joven se quejaba de sus servicios, que al contrario, luego volvían y a veces, era todas las semanas.

Abel no entendió, porque a él le había dado tanto asco ver y ser tocado por aquella bella muchacha.

Hoy había recordado con demasiada fuerza aquel suceso. Pero lo raro era que sus amigos, sentían una fuerte atracción por lo que a él, le había ocasionado tanto rechazo.

Hoy se sentía enfermo, tenía demasiada inquietud, sentía una angustia terrible. Demasiadas muchachas hermosas le coqueteaban, le rozaban las manos y hasta le respiraban cerca, el sentía su aliento; dulce, con olor a menta, pero no le despertaban nada, no obstante cuando sucedió... el sintió vértigo, le temblaron las piernas y se sofocó. Sintió miedo de la cercanía de… de la respiración tan cerca, del aliento sofocándolo y acorralándolo. Tal vez estaba loco, quizás estaba enfermo.

Se sentía tan confundido. Pero... ¿a quien le podía decir tan terrible asunto? Carecía de amigos, se había distanciado de Carlos, después de aquella encerrona. A la madre, ni decirle, esto era demasiado confuso. Con el padre no tenía confianza. Trataría de luchar, el solo, estaba seguro, que esto era la difícil edad, eso que los mayores llamaban confusión de la juventud.

¿Y si hablaba con el cura? Mejor no, con seguridad él se lo contaría a mi madre. Esperaría a ver que sucedía en el futuro. No se iba a precipitar.

Al día siguiente, Abel se presentó tan fresco como una lechuga. Se sentaron a la mesa, y hubo chistes, y se refrescaron los planes para la noche.

Ya faltaban pocos días para que finalizaran las vacaciones de Abel, pero esa noche era especial, porque uno de los jóvenes, había decidido pedir la mano de Emma, la mayor de las primas.

Zenen Guevara Gómez, el apuesto joven que había hecho que la prima se comportara con algo de cordura (frente a él) había decidido pedir la mano de la joven antes de que el primo regresara, como un gesto de distinción con el joven, ya que Abel, había sido uno de los que vio con muy buenos ojos el compromiso, cuando Emma, se acercó a pedirle consejo.

Fue una fiesta discreta, donde participaron los familiares más allegados de ambas familias, amigos íntimos de las muchachas y varios amigos de los amigos. En fin que la fiesta intima se convirtió en una parranda que duró hasta las cuatro de la mañana. Hubo hasta una ligera representación de teatro, en la que participó Abel, leyendo poemas de su inspiración.

Al día siguiente, Emma, lucía su escandaloso anillo de compromiso. El novio lo había encargado a un tío, que había hecho un viaje de negocios a la capital.

Las hermanas; Josefina y Valvina, ya estaban queriendo cumplir años para también comprometerse, decían que se habían levantado con “jaqueca envidiosa” todos en el desayuno, que fue casi a la hora del almuerzo, rieron de las ocurrencias de las traviesas muchachas.

Los padres de las tres, que sólo venían los fines de semana, decidieron quedarse un día más por la “mala noche” y pensaron que era hora de llevárselas para la finca porque en la ciudad peligraban.

Josefina, miró a Valvina con cara de pocos amigos, para que cerrara la boca, no fuera que los padres estuvieran hablando en serio. Las tres estaban renuentes a vivir en la finca, por varias razones: adoraban a sus abuelos, no les gustaba la vida del campo y todos los amigos los tenían en la ciudad. El campo para unos pocos días y cuando no lloviera.

Ahora, las salidas de Emma, se habían hecho un tanto protocolares. Estaba comprometida y necesitaba una persona seria para que vieran que había responsabilidad y respeto. Por el momento sería Abel, persona cercana y juiciosa.

Pero... ¿y cuando se vaya Abel? Dijo Emma, un tanto confundida.

¡No habrá salida! Gritó la abuela, haciendo una seña a los que le quedaban de frente.

Todos soltaron la risa y Emma, quedó aliviada. Luego la abuela, con la dulzura acostumbrada, le dijo:

Mi dulce y adorada mujercita, tú sabes bien que confío en las tres, nadie como yo para saber que tienen en el corazón y en sus locas cabecitas.

Las tres corrieron hacia la abuela, que se mantenía sentada al borde de una silla pegada a la mesa del comedor. La abrazaron hasta sofocarla, le dieron besos en toda la cara y le enjugaron las lágrimas, que se deslizaban por las hermosas grietas que habían quedado forjadas por tristezas y alegrías al correr de los años. La abuela estaba llena de felicidad por tener tan adorables criaturas junto a ella.


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